Marco, Lucía, Osvaldo y el Hippie Francés.

Marco llegó con su maleta a ver de pie el menú de la cafetería,
Lucía lo vio primero mientras ella estaba sentada bebiendo su batido de cas y comía su pastel de pollo, lo ve de arriba a abajo.

El hippie francés pregunta si hay algo gluten free, veggie y greenie; pidió un arrollado de queso y agua.
Marco detecta a Lucía, la ve, sonríen con complicidad diciéndose hola sin conocerse.

Marco pide que le sirvan una unidad de todos los productos que contengan carne;
pastel, arrollado, enchilada, empanada, y tres cafés negros sin azúcar.

El francés hippie lo ve con mirada inquisidora,
Lucía se ríe y entiende el mensaje,
la señora de la cafetería pregunta si todo en el mismo recipiente y Marco dice que sí.

Marco, Lucía y el francés hippie están sentados cada uno en una mesa para cuatro personas, por momentos hacen contacto visual Marco y Lucía, o Marco y el francés hippie con miradas de burla e inquisición respectivamente.

Dos cafés menos y sólo una empanada cuando llega Osvaldo y se sienta con Marco.
Osvaldo tiene 29 años, el pelo largo, la barba nunca le cerró, hace dos días no se baña y abraza llorando de felicidad a Marco.

Marco ignora el olor, se abrazan, se preguntan cómo están. El primero le pregunta si ya desayunó.
El francés hippie mira al indigente con desprecio y miedo,
Lucía se sorprende viendo la naturalidad en el actuar de Marco, un “chico fresa” de apariencia plástica que viste y huele agradable.

‘Lo mismo que pedí ahorita’ , le dice Marco a la señora de la cafetería.
Osvaldo entre lágrimas come y bendice a Marco tomándolo de la mano, y le pide que guarde el teléfono celular ‘por si algún loco entra a robar’; se demora un poco en comer pues ya se le han caído unos cuantos dientes frontales.

Marco le cuenta que ya terminó sus estudios y sigue trabajando en el negocio familiar;  le pregunta a Osvaldo por su madre y hermanos. Al término de la comida van al cajero automático, luego al supermercado; compran arroz, frijoles, atunes, café, leche en polvo y huevos.

Osvaldo le pide a Marco el tiquete de caja para que la policía no le decomise las provisiones por presunción de robo y le regala una empanadita de piña de las que anda para sobrevivir.

‘No me despreciés esto, sacála vos para que no te de asco que la toque con mis manos sucias; darte de lo que tengo es lo menos que puedo hacer por lo que me das, sos mi hermano, mi amigo y por eso trato de bendecirte y protegerte cuando puedo’.

‘Daría mi vida por vos porque cuando podés vas a vernos al cuarto y amás a mi mamá, no sos de calle como yo, pero la calle te respeta’. Le dijo Osvaldo a Marco mientras ambos lloraban abrazados.

Marco felicitó a Osvaldo porque ya solo le falta un nivel de primaria. Se despiden, prometen verse pronto. Osvaldo se va secando las lágrimas y con las bolsas en sus manos.

Marco entra de nuevo a la estación, faltan cinco minutos para que inicie el viaje de regreso, se sienta a esperar, pasados pocos segundos llaman a los pasajes de la 1:30pm.
Abordan la nave como ganado por manga al matadero; son tres horas de viaje.

Lucía le hace un guiño, tienen boletos juntos.
“Hola, ¿cómo estás? Vi lo que hiciste con el chico de pelo largo, me llamo Lucía, ¿puedo preguntar cómo te llamas y por qué lo hiciste?”.
Claro, mucho gusto, Marco González, lo conozco hace tiempo, se llama Osvaldo, es mi amigo; pero tenemos tres horas para hablar con calma.

Alberto el guayabero, un indigente en Pinar del Rio, Cuba, foto de Daudy Hermelo Lago

Alberto el guayabero,
un indigente en Pinar del Rio, Cuba,
foto de Daudy Hermelo Lago

Category(s): relato

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