Psicópata

 

Me siento a comer en el centro comercial, a mi derecha los infantes haciendo su bullicio descalzos y con sobros de comida en sus caras, una escena deplorable con sus pies llenos de suciedad.

“¿se puede? ” me pregunta interrumpiendo mi soledad un tipo queriendo tomar la silla del frente.
Ya casi, en menos de cinco minutos, le digo. Se queda de pie viéndome, lo veo, cruce de miradas, se sienta en otra mesa.

A mi izquierda la gorda centrada en su celular no se da cuenta que su hijo tira la gaseosa al suelo, en todas las mesas la gente se comunica por celulares.

Las pantallas me obligan a ver fútbol mexicano.

Nada malo me ha sucedido, simplemente no ando de humor para mezclarme con la gente.

El hijo de la gorda se va a jugar y vuelve descalzo a pararse en la gaseosa regada en el suelo. Llora porque se mojó (la riega, se para y llora, idiota).

Esa alfombra donde juegan ha de tener más yuyos y niguas que los pies de Cochinón.

El tipo del aseo está enamorado de su compañera de trabajo.

Esa rubia siente pena de su trabajo, cree que es demasiado guapa para estar limpiando mesas, lo sufre.

Vuelve el hijo de la gorda a pararse en la gaseosa regada.

Hay ocho mesas para cuatro personas con solo una persona, contándome.

El niño de la mesa de en frente ya pudo cerrar la boca al comer, hacerle muecas intimidatorias dio resultado.

Vuelve el hijo de la gorda y me golpea con su pelota en los pies, la sostengo, no lo dejo de ver y cuando está a la par mía pateo esa pelota a lo lejos, no me dice palabra alguna y por fin se va.

La gorda sigue en la mesa a mi izquierda.

Soy un psicópata leyendo a cada persona, su individualidad, sus particularidades, intentando comprender porqué actúan como lo hacen, si en verdad son tan idiotas o así los adoctrinaron, intentando salirme de esta superioridad.

La chica que está comiendo pizza dejó el recibo del pago con tarjeta, podría tomarlo, saber su nombre y seguirla para irme a su lado en el bus, pero esa idea a mí mismo me asusta, sería muy acosador.

Ya puede tomarla, le digo a quien pidió la silla.
No se la di antes porque desordenaba el vacío a mi alrededor con mi soledad.
La mejor parte de irme es dejar de lidiar con el molesto hijo de la gorda.

Category(s): Poesía

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *