La conocí en el bar

La soledad pidiendo ser bebida
como se bebe una noche sin bilis
o como se traga un aguardiente con anís.

La noche en que los recuerdos punzan en el hígado abriendo bocas;
bocas que merecen besos de esa chica desconocida en la barra.

La voz temblorosa, el pulso a la velocidad del alcohol,
el whisky sin tiempo para deshacer hielos y los cigarrillos apagándose como se apagan los amores en un encuentro aventurero.

La noche del último día semanal desesperado invocando al refugio amistoso de la clase obrera queriendo olvidar la monotonía que le constriñe su conciencia.

¡Maldita sea la hora en que los sueños fueron rotos!
¡Maldita sea la hora en que nos cortaron las alas para amar y soñar, para ser grandes!

No me bese usted, que no la conozco,
no la quiero ni la deseo, pero no me deje de hacer compañía.
Usted no es mi amor, pero simule ser ella distante.

Sus ojos café quiero imaginarlos de otro color,
mida diez centímetros más,
pese cinco kilos más,
sólo por hoy,
no me diga su nombre,
no me de su número;
no se involucre conmigo,
mañana me importará usted lo mismo que hoy, nada.
Hoy sólo quiero un beso, y es el de ella, no el suyo.
Quiero el de quien me da arrullo.

La noche evoca olvidos y recuerdos,
olvidos presentes y recuerdos olvidados.

Olvidos digeridos como agua y recuerdos olvidados como la primera borrachera con guaro.

La noche solo me dice que hay que sufrir en silencio,
que el alcohol quizá olvide pero yo no,
la noche me dice que el beber sólo de poco sirve cuando más se desea.

Category(s): Poesía

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