Todo cambiando me tiene igual.

Creía que todo iba bien,
como es de esperar no te he olvidado,
de hecho no lo logro,
tanto hoy como ayer sigo sintiendo.

Siento como el día que te di el último beso.

Hablé de vos, pensé en vos,
incluso bebí hoy por vos;
y al igual que cada día coincidiendo lugar,
quisiera estar más cerca de vos.

(Confieso ese trago cuando te pensé me atragantó,
mi compañero pensó era tos normal)

Esa ironía de estar tan cerca,
misma ciudad, mismas amistades,
mismo edificio, mismo pasado juntos,
mismo proyecto de vida, mismo academicismo.

Tantas historias inconclusas,
tantas otras compartidas,
tantos proyectos entre vos y yo
tantos “nosotros”.

Tantos mimos en las enfermedades,
tantos otros por que sí.

Aún recuerdo y te regalo esos besos al tomar el autobús,
a la entrada de la clase o en el elevador,
el caminar de la mano frente al mundo,
el salir airosos de un juicio público.

Recuerdo esas calas en tu cumpleaños,
los aretes a la luz de las velas en la primera cita,
los pachamámicos que te di y la ropa que tanto te gustan,
el afán por cocinar y enamorarte con sencillez.

Los nombres de los hijos que nunca tuvimos,
los viajes de verano que no hicimos,
los amigos ya no tan míos y ahora sólo tuyos,
las oraciones que juntos ya no hicimos.

Y es que eso de amar y tratar de olvidar no es sencillo.

No miento cuando digo que te sufro y te siento,
pasan las lunas y cada una de ellas rompe más el corazón;
no pedí amarte y aquí me tenés, con el corazón apuñalado de amor,
domesticado, humanizado, enamorado que llaman.

No sé cómo volver a deshumanizarme y poder olvidar,
hace mucho murió ese que olvidaba en un día cambiando amores;
y es que encontrarte de sorpresa sigue siendo ese jab izquierdo,
fue mi gancho al hígado en la tarde.

Ese golpe que no sentía desde la niñez,
que sólo recibo ante el dolor y el miedo,
esos miedos que tanto te conté y controlabas,
esos miedos que hoy me asustan más que ayer.

Volvieron de golpe mis inseguridades,
se fue mi voz y mi cabeza bailó al compás del brinco en mi hombro.

¡Ese maldito tic descubierto de niño ante la vulnerabilidad!

¡Qué rabia no poder controlar mi cuerpo ni mis emociones!

¡Duele la impotencia del corazón!

Quise decir más que hola,
pero no quería ser más débil, me quebré;
sí, ese rudo de antes que presumía abolengo y clase, se quiebra,
pierde la voz, se domina por sus miedos.

Sus inseguridades y sus tics se apoderan de él,
los hombros se le desmontan después de años,
le siguen brotando lágrimas y se vulnera al verte porque se da cuenta que todo cambia y él sigue igual de débil y enamorado.

Category(s): Poesía

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